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Índice de Contidos
- La visita en la que no hice ni una foto
- El cambio de mirada
- Cinco viajes de aprendizaje
- La sexta visita: cuando todo encajó
- Lo que aprendí de un desierto
- Conclusión: volver es crear
La visita en la que no hice ni una foto
La primera vez que pisé las Bardenas Reales fue casi por casualidad. Viajaba con mi amigo Muíños por tierras de Navarra, y él insistió en hacer una parada en aquel lugar que, sinceramente, no me llamaba nada la atención.
“¿Qué demonios pinto yo en un desierto?”, pensé.
En aquel tiempo mi fotografía giraba en torno al agua, las nieblas y los bosques húmedos. Las Bardenas parecían justo lo contrario: áridas, secas, sin vida aparente. Fui un poco a regañadientes, convencido de que aquel sitio no tenía nada que ofrecerme.
Tanto era así que ni siquiera saqué la cámara de la mochila.
Hoy me resulta imposible no sonreír al recordarlo. La vida, a veces, tiene estas ironías: te enseña que no existen lugares sin historia, sino miradas que aún no están preparadas para verla.
Hay lugares que nos atraen sin razón aparente. Otros, en cambio, aparecen en nuestro camino y no sabemos qué hacer con ellos.
Las Bardenas Reales fueron, para mí, uno de esos segundos casos.
El cambio de mirada
Pasaron algunos años y, con ellos, llegó una forma distinta de mirar.
En un nuevo viaje por Navarra decidí volver a las Bardenas, pero esta vez de manera más consciente. Ya no iba como quien cumple un trámite, sino con curiosidad por descubrir si el error había sido del lugar… o mío.

Y entonces todo cambió.
Aquellas montañas erosionadas, los tonos ocres y dorados, el silencio (cuando no estabas rodeado de turistas)… Había una fuerza inmensa en todo aquello.
Empecé a ver texturas, formas y luces que antes me habían pasado desapercibidas.
Comprendí que aquel desierto no era un lugar muerto, sino un espacio que pedía tiempo y respeto.
Cinco viajes de aprendizaje
En los cinco años siguientes volví varias veces a las Bardenas Reales. Cada viaje fue distinto, y en casi todas las ocasiones el tiempo jugó su propia partida.
Cielos planos, luz dura, días sin contraste…
Esos momentos en los que uno piensa: “no hay foto posible”.
Pero volver se convirtió en un hábito, en una forma de mantener viva la curiosidad. No era solo terquedad, era también confianza. Algo me decía que ese lugar guardaba algo para mí, y que lo único que podía hacer era estar allí cuando llegara el momento.
Recuerdo una vez en la que vi pasar unas nubes solitarias durante la puesta de sol. Algo sutil, poca cosa.
Y en ese instante tuve la sensación de que el desierto me decía: “vas por buen camino, pero aún no”.

La sexta visita: cuando todo encajó
Y entonces llegó el día.
En este último viaje, una especie de peregrinación anual por las tierras del norte donde el objetivo suelen ser los bosques y los ríos, decidí volver una vez más a las Bardenas Reales. Esta vez sí había expectativas: llevaba días revisando mapas de nubes, aplicaciones meteorológicas y previsiones de luz. Todo apuntaba a que, por fin, el cielo regalaría algo especial.
La visita comenzó con mucha gente, turistas, coches… más movimiento que nunca. Muchos de ellos bastante maleducados, tengo que decir, cruzando vallas y caminando por zonas en las que no está permitido el acceso. Esto es realmente preocupante, porque el desgaste que produce la presencia humana daña gravemente lugares como este.
Por suerte, a medida que avanzaba la tarde, el silencio fue ocupando el espacio y la gente desapareciendo.
Quedamos unos pocos. Yo estaba allí de pie, con la cámara lista y esa mezcla de calma y anticipación que precede a los grandes momentos.
Y entonces llegó.
El cielo comenzó a teñirse de naranjas y rojos imposibles. La luz transformó el desierto, y cada minuto parecía mejor que el anterior.
Empecé a componer y recomponer, recordando fotos de años anteriores, haciendo panorámicas, jugando con las formas y el relieve.

Durante dos horas no hubo tiempo ni cansancio, solo luz, viento y silencio.
Fue una de las puestas de sol más espectaculares que he visto en mi vida.
Y en ese momento sentí que todo —los viajes, los errores, la espera— cobraba sentido.

Comprendí que la perseverancia en la fotografía no es insistir sin rumbo, sino confiar en el proceso, preparar el camino y esperar el momento preciso en el lugar correcto.
Lo que aprendí de un desierto
Las Bardenas Reales me enseñaron que volver no es un fracaso, sino parte del proceso.
Cada visita, incluso las aparentemente inútiles, aporta algo: una nueva comprensión de la luz, del lugar y de uno mismo.
Para mí, la perseverancia en la fotografía no es insistir sin rumbo, sino aprender a esperar el momento justo.
Es entender que no todo depende de nosotros.

Porque sí, la suerte existe. Sobre todo cuando estás lejos de casa y no puedes volver a una localización cuando quieras.
Pero esa suerte no aparece de forma mágica: llega cuando sabes leer las señales, cuando entiendes que ese día es el día.
La verdadera suerte es estar preparado cuando todo encaja. Aunque, claro, eso también requiere mucho trabajo detrás!
Conclusión: volver es crear
Cuando pienso en esta última visita a las Bardenas, la siento como un cierre y un comienzo al mismo tiempo.
Cierre, porque por fin conseguí la fotografía que llevaba años buscando.
Comienzo, porque ahora sé que todavía hay muchas más esperándome, y muchos rincones por explorar. Estoy seguro de que hay tesoros escondidos aguardando a que llegue con mi cámara.
La perseverancia es eso: volver con la mente abierta y la cámara preparada, sabiendo que el lugar seguirá ahí, esperando el instante en que luz, tiempo y mirada vuelvan a cruzarse.
Al final, la fotografía no es solo una cuestión de suerte ni de técnica, sino de presencia y de trabajo.
De estar allí, cuando la naturaleza decide mostrarse en todo su esplendor.
Por supuesto, tengo más fotografías de aquella maravillosa tarde aún pendientes de publicar.
Si quieres verlas, puedes seguirme en mis redes — ¡muy pronto las compartiré por allí!

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