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Índice de Contidos
- La Memoria del Auga
- Alejándose del mar para encontrar nuevos rincones
- Fervenza de Narahío (San Sadurniño)
- Una localización que cambia según la estación
- As Fervenzas de Maríaqueira (San Sadurniño)
- La primera parada en el camino
- Siguiendo el sendero
- La voz del agua
- Workshops de Fotografía de Paisaje
- Nueva entrega de la serie Xeoparque Cabo Ortegal
Después de iniciar esta serie con el artículo Xeoparque Cabo Ortegal: el paraíso oculto de la fotografía gallega, quería volver a los orígenes. Volver al agua, a su movimiento y a su luz.
Porque el Xeoparque Cabo Ortegal no es solo acantilados y mares bravíos. También es interior, bosque y río; es un espacio donde el tiempo se transforma en agua y el agua en memoria.
La Memoria del Auga
Hay caminos que nos llevan de vuelta al principio, a ese lugar donde todo comenzó.
En mi caso, ese lugar está entre ríos y fragas, entre el rumor constante del agua y la humedad de la tierra.
La fotografía de cascadas fue mi primera escuela: el punto de partida desde el que aprendí a mirar, a esperar y a entender el ritmo de la naturaleza.
En mis primeras salidas con la cámara buscaba cascadas por toda Galicia. Recorriendo kilómetros por pistas de monte, senderos y caminos, siempre con el mismo propósito: encontrar ese rincón donde el agua se volvía seda y la luz filtrada entre los árboles dibujaba el instante perfecto.
Fue ahí, entre las fragas de San Sadurniño y los caminos que llevan hacia el Eume o Narahío, donde aprendí a jugar con el tiempo: a encontrar esa velocidad de obturación exacta que convierte el movimiento en poesía. Ni tan lenta como para borrar el detalle, ni tan rápida como para congelar el alma de la cascada.
Aquellas primeras fotografías fueron también mis primeros errores, mis primeros aciertos y, sobre todo, mis primeros aprendizajes. Por eso este artículo es especial. Porque habla de esas cascadas que forman parte de mis orígenes como fotógrafo, y que además pertenecen a un territorio que hoy considero mi hogar fotográfico: el Xeoparque Cabo Ortegal.
Alejándose del mar para encontrar nuevos rincones
Dentro de este espacio, San Sadurniño guarda dos cascadas que son, para mí, pura memoria del agua:
la Fervenza de Narahío y las Fervenzas de Maríaqueira.
Dos localizaciones distintas, pero unidas por esa misma energía que hace que el tiempo parezca detener su curso cuando el agua cae entre la piedra y el musgo.
Antes de hablar de ellas, me gusta pensar que estas cascadas son algo más que un motivo fotográfico: son el latido interior de la naturaleza, su pulso más íntimo. El ruido del mar calla aquí, y en su lugar solo queda el murmullo del agua, el olor a tierra mojada y ese silencio húmedo que lo envuelve todo. Es en esa quietud donde nace la verdadera fotografía.
Fervenza de Narahío (San Sadurniño)
La Fervenza de Narahío es uno de esos lugares a los que siempre vuelvo, año tras año. Popular y de fácil acceso, es también un espacio especial para mí: aquí hice mis primeras largas exposiciones, aquellas en las que aprendí a transformar la fuerza del agua en seda y movimiento. Fue, en cierto modo, el punto de partida de mi relación con la fotografía de cascadas.

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A pesar de su aparente sencillez, Narahío es un lugar que cambia con las estaciones. En invierno, después de una semana de lluvias, el caudal se convierte en un auténtico torrente. La fuerza con la que el agua se precipita entre las rocas es impresionante. Fotografiar aquí en esas condiciones es un reto: el spray es constante, las lentes se llenan de pequeñas gotas y hay que estar limpiando en cada disparo. Pero también es el momento en que la cascada muestra su lado más épico: salvaje, poderoso y lleno de vida.

El sonido atruena, rebota en las paredes de piedra y se mezcla con el frío de la niebla. Hay un instante en que todo el entorno vibra: el suelo tiembla, el aire se llena de humedad, y uno se siente, por un segundo, completamente dentro de la escena.
Una localización que cambia según la estación
En primavera, el entorno adquiere otra personalidad. El verde lo invade todo: musgos, helechos y árboles renacen con la humedad. El caudal suele mantenerse abundante, lo suficiente para darle fuerza a la escena sin impedir el acceso. Es una buena época para explorar diferentes encuadres, jugar con primeros planos, raíces húmedas, pequeñas pozas y texturas que acompañen la caída principal del agua.

Y llega el otoño, quizá mi momento favorito. Las hojas rojas y ocres se mezclan con la piedra oscura y el blanco del agua, creando una paleta natural que no necesita filtros. La cascada sigue fluyendo, pero lo que más me atrae en estos meses es la luz. Una luz suave, cálida y baja, perfecta para madrugar y aprovechar esas primeras horas del día en las que todo es calma y silencio.

Puedes verla en mi tienda: Autumn’s Prelude
Con el paso del tiempo aprendí que Narahío no es solo una cascada: es un pequeño laboratorio visual. Cada visita trae una lección distinta, un nuevo ángulo o una composición inesperada. No busco repetir la foto perfecta, sino dejar que el lugar me hable y guíe la cámara. Porque hay escenarios que no se agotan, y este es uno de ellos.
As Fervenzas de Maríaqueira (San Sadurniño)
Las fervenzas de Maríaqueira, en San Sadurniño, son una de esas localizaciones que llegan tarde, pero se quedan para siempre. Las descubrí cuando ya llevaba tiempo inmerso en la fotografía de paisaje, en una etapa en la que buscaba nuevos rincones, nuevas cascadas de la zona. Había visto algunas imágenes en las redes, pero durante tiempo no conseguía encontrar el lugar exacto. Hasta que un día, por fin, llegué a ellas.
La primera parada en el camino
La primera caída de agua es la más conocida y, seguramente, la más fotogénica. Tiene algo muy característico: una gran rama, retorcida y cruzada justo sobre la cascada. Es un elemento visual potente, pero también un desafío compositivo.
Colocarla en el encuadre de manera que funcione requiere tiempo, pruebas y mucha paciencia. Con el paso de los años y de las visitas —en diferentes estaciones y condiciones— fui cogiéndole el ritmo al lugar, aprendiendo cómo jugar con esa forma, con la luz y con la fuerza del agua.

Justo río abajo, hay una pequeña zona de rocas muy interesante. Recuerdo una mañana especialmente húmeda, con niebla baja, en la que hice allí algunas de las fotografías más atmosféricas de la serie. La luz se filtraba entre los árboles, el aire estaba cargado de humedad y todo tenía ese tono suave que solo aparece en días así.

Las fervenzas de Maríaqueira cambian mucho con las estaciones. En primavera, todo es verde: helechos enormes, musgos esparcidos por cada piedra y un caudal constante que llena de sonido el valle. Es un pequeño paraíso, perfecto para jugar con el contraste entre el blanco del agua y el verde de la vegetación.

En otoño, el escenario se transforma completamente. Los verdes dan paso a rojos, ocres y amarillos, y el bosque se convierte en una mezcla vibrante de colores. Además, es una zona llena de setas, lo que la hace ideal también para quienes disfrutan de la fotografía macro.

No hay nada mejor que salir una mañana de otoño, fotografiar una cascada y terminar capturando pequeños mundos entre el follaje húmedo.

Siguiendo el sendero
Si se continúa río arriba, el camino lleva hasta una segunda cascada, más discreta pero muy fotogénica. La poza que forma al pie es amplia, y las pequeñas caídas de agua que la alimentan crean un juego de remolinos y espuma fascinante.

Una foto recuperada de una visita al lugar hace casi 3 años.
En días en los que hay mucha agua, el movimiento de la espuma en la superficie permite crear fotografías muy abstractas. Jugando con los tiempos de exposición largos para dibujar círculos y líneas que parecen danzar sobre el río.
Un poco más arriba se encuentra la tercera cascada, la más escondida de todas. Cuando el caudal es abundante, la caída se divide en dos: una principal y otra oculta a la derecha, tras la vegetación. Es una escena compleja, llena de capas y texturas. Cada elemento tiene su espacio: la piedra mojada, las hojas caídas, el reflejo de la luz entre las ramas…

Y, aun así, siento que todavía no he conseguido la fotografía definitiva de este lugar. Hay imágenes que me encantan, pero no esa que me haga pensar “esta es la foto”. Quizás por eso sigo volviendo. Porque sé que algo me espera ahí, una combinación de luz, caudal y calma que aún no coincidieron. Y eso es lo bonito: saber que un lugar sigue teniendo cosas que decir.
La voz del agua
Las fervenzas de Narahío y Maríaqueira son mucho más que agua que cae. Son el recuerdo de por qué empecé a fotografiar.
Cada visita es un regreso a los orígenes, a ese instante en que comprendí que la fotografía no era solo mirar, sino escuchar el ritmo de la naturaleza.
Aquí aprendí a leer la luz entre las hojas, a esperar el instante en que el río se vuelve seda, y a entender que la paciencia también forma parte de la imagen.
Volver a estos lugares es volver al principio, a ese diálogo entre tiempo, agua y piedra que sigue escribiéndose en cada disparo.
Porque en estos lugares, el agua no solo corre: cuenta quién fuimos y hacia dónde vamos.
Workshops de Fotografía de Paisaje
El Xeoparque Cabo Ortegal es un lugar que nunca se agota. Por eso organizo periódicamente Workshops de Fotografía de Paisaje en esta zona: grupos pequeños, ritmo tranquilo y mucha práctica en campo.
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Nueva entrega de la serie Xeoparque Cabo Ortegal
Este artículo forma parte de la serie de artículos dedicados al Xeoparque Cabo Ortegal, un proyecto fotográfico y personal en el que sigo explorando la conexión entre naturaleza, luz y territorio.
En las próximas entregas continuaré viajando por otros rincones del Xeoparque. Acompáñame en mi viaje a lugares como Punta Frouxeira o Vixía Herbeira. Lugares que guardan su propia voz e historia.
Si quieres acompañarme en este viaje fotográfico, puedes seguir las actualizaciones en la web o en mis redes.
Aquí tienes el primer artículo: Xeoparque Cabo Ortegal: el paraíso oculto de la fotografía gallega.
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